Todo era absolutamente previsible. Porque la FIFA ya le había permitido todo. Bombardear y asesinar al líder político de un país clasificado, maltratar a su selección obligándola a llegar a su suelo apenas horas antes de un partido y tener que dejarlo apenas terminara. Echar a un árbitro somalí. Imponer precios ridículos para los tickets. Amenazar a los otros dos países anfitriones del torneo. A uno con enviarle marines, a otro con anexar parte de su territorio (es también parte de lo que el mundo ya le ha permitido hacer).
Escribo estas líneas tras un viaje de once horas en auto desde Miami a Atlanta, donde Argentina jugará mañana martes su boleto a cuartos de final ante Suiza. Estoy en la tierra de la Coca Cola. Cuando hace treinta años los Juegos Olímpicos cumplían su centenario Atenas creyó que, por derecho natural, le correspodía organizar las Olimpíadas de 1996. Pero el Comité Olímpico Internacional (COI) le dio la sede de esos Juegos a Atlanta. “La Coca Cola le ganó al Partenón”, protestó entonces el deporte, que se creía libre del sucio dinero. Ahora es el fútbol el que siente que algo ha cambiado definitivamente en su historia. Welcome to the USA. Tierra de Libertad. Doscientos cincuenta años de flamante independencia celebrados a puro cohetazo limpio que vimos el sábado por la noche en el cielo de Miami.Parecía un bombardeo. Uno de los tantos.

